Hay 365 días al año, pero debe haber,
por lo menos, siete mil ‘Días’ dedicados
a las causas más peregrinas. Unas muy nobles: Día del Refugiado, del Cáncer,
del Amor Fraterno, de la Paz, del Árbol. Pero también existen ‘días’ para todos
los gustos, románticos, pintorescos, comerciales o delirantes: Día de los
enamorados, de la Manzana Saboyana, de la Harley Davidson, de la Cerveza, del
Jazz, etc.
Para un puñado de amigos, cada 9 de
octubre es el “Día de los Caramelos”. Y no porque estos amigos tengan sus negocios
en el mundo de la dulcería o quieran exaltar algún tipo de caramelo con
denominación de origen. La cosa es más sencilla: cada 9 de octubre se recuerda el aniversario de la
muerte de Juan Vaccari, religioso guaneliano que murió hace cinco décadas en accidente
de carretera y que dejó tras sí un halo de santidad que aún permanece en los que le conocimos y en los
que, más tarde, han leído sus escritos o han conocido su biografía.
Pero ni siquiera la evocación de su
noble figura, cuya estatura moral sobrepasaba en mucho a su apostura física,
sería suficiente para justificar el ‘Día
de los Caramelos’. Fue su Testamento -concretamente una cláusula- lo que dio
origen a la tradición de repartir o compartir caramelos cada 9 de octubre. El
hermano Juan en su Testamento, junto a altísimas
consideraciones espirituales y piadosos deseos de salvación para sí y para sus
hermanos, escribió una línea que sorprendió a todos: ‘Si a la
hora de mi muerte, se encontrase algo de dinero en mis bolsillos, ruego se
compren caramelos para los chicos con discapacidad”. Él emplea, para ser
exactos, el término “buonifigli”, que
es el vocablo cariñoso que Casa Guanella siempre ha usado para nombrar a las
personas con alguna discapacidad.
Un caramelo es mucho para un niño
pobre, para un ‘buonfiglio’, para un
anciano solo. Un caramelo era mucho incluso en mi infancia que coincidió con la
muerte del hermano Juan. ¿Puede hoy día considerarse regalo un caramelo? Sin
duda, precisamente porque es de escaso precio pero de abundante valor. Un
caramelo devuelve a todos a la infancia, a esa etapa en que preferíamos la
golosina de un caramelo a cualquier otro alimento. Un caramelo remite a lo
festivo y a lo celebrativo. Nadie es tan pobre que no pueda regalar un caramelo
ni nadie es tan rico que no sonría cuando alguien le ofrece uno.
Por otro lado, no estaría mal que
todos nos sintiéramos un poco incompletos, un poco “buonifigli’, porque en el
fondo todos tenemos algún tipo de discapacidad. Pensamos que los discapacitados
son los que tienen algún tipo de minusvalía física o incapacidad mental. Y sin
embargo, ¿qué es el que tiene un carácter endiablado, el que carece de empatía
hacia los demás? ¿Qué es el que tiene escasa capacidad para amar, el que es
prepotente, el que se cree superior o se crece cuando crea tensión y malestar
alrededor? En el fondo, también este tipo de personas tiene alguna
‘discapacidad’, y por lo tanto también ellos necesitan un caramelo, un abrazo y
una palabra amable. Ya lo decía Natalia
Ginzburg que “cuando miramos a
alguien de cerca, siempre nos da un poco de pena”.
Inmensamente discapacitados e
infinitamente capaces, todo ser humano es frágil y a la vez fuerte, limitado y
a la vez hábil, dichoso y al mismo tiempo desgraciado. Por eso mismo, ese Testamento del hermano Juan se dirige a
cada uno de los que le conocimos y, por extensión, a cada uno de los que, por
nosotros, le han conocido y le conocerán en el futuro. Todos somos herederos
afortunados de una magnífica herencia vital que un simple caramelo simboliza con
gran fuerza poética.
Muchos episodios de la vida del Hermano
Juan (Sanguinetto, 1913 – Palencia, 1971) podrían resumir su existencia de
perfecta humildad, obediencia, servicio y oración. Pero es, a mi modo de ver,
este Testamento (de los Caramelos) el que mejor define toda su andadura humana:
la vida ordinaria, cuando se vive desde Dios y desde el prójimo, es la más
extraordinaria, dichosa y dulce de las vidas.
El Día de los Caramelos nos recuerda que, en la sencillez de un
pequeño y humilde gesto, se encierra a veces una gran lección, más importante aún
para el que ofrece el caramelo que para el que lo recibe. A nadie le amarga un
dulce, decimos popularmente. La vida santa del hermano Juan fue como un
caramelo que endulzó los días de los que se cruzaron con él y aún puede
endulzar las almas, a veces amargas, de cuantos se acerquen a su espiritualidad y a sus enseñanzas.
El Testamento del hermano Juan no es
solamente una escritura poética, sino también una llamada a la responsabilidad,
una convocatoria a endulzar la vida de los que giran a nuestro alrededor, desde
el vecino del bloque, al compañero de trabajo, la pareja y los hijos, los
familiares, los amigos de tertulias y cafés. Y es también una llamada a la
solidaridad, una invitación a manifestar nuestra cercanía concreta, nuestro ‘caramelo’
concreto para los “buonifigli”.
Al igual que el pasado año, invito a
ex alumnos de Aguilar o Palencia, a los guanelianos en general, y a mis
lectores, a celebrar el Día de los Caramelos, aportando un ‘caramelo’ de
generosidad para un proyecto relacionado con la discapacidad.
En este año, marcado por la guerra en
Europa, nuestro gesto de solidaridad será destinado a las personas con
discapacidad procedentes de Ucrania que están siendo atendidas en las casas
guanelianas de Rumanía y de Polonia.
Al ingresar tu donativo, escribe en
concepto: “Caramelos”.
IBAN: ES46 0030 6018
1700 0105 1272 (Banco Santander)
Gracias de corazón. Feliz Día de los Caramelos.
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