miércoles, 27 de mayo de 2026

Lectura humana y ética del asunto Zapatero



                A estas horas los datos mareantes sobre el caso Zapatero están en todas las televisiones y periódicos. En este asunto –y en el de todos los casos precedentes de corrupción de los últimos años- la presunción de inocencia ha sido barrida de un plumazo. Y como todo, en esta España de una polémica al día, como poco, cada uno, dependiendo de la ideología y del partido, o bien se exculpa al ex presidente de todas las imputaciones y se culpa a los jueces y  periodistas. O bien, se cargan las tintas y se recrean, con gozo electoral, en los párrafos más explosivos del auto o en las fotos donde brillan brillantes y zafiros. Los unos ponen a Dios por testigo de la inocencia del ex presidente. Los otros ponen a Satanás por testigo de los desmanes y demasías. En fin, nada nuevo en esta España vocinglera, y poco dotada para la prudencia y la templanza.

                ¿Se puede hacer una lectura humana de este caso y de los otros casos de corrupción? ¿Se pueden extraer lecciones morales, en estos tiempos de manga ancha para los pecadillos propios y de torquemadas furibundos para los pecadazos ajenos?

    1.- Una primera lección podría ser la de la eterna tentación de la hipocresía. Parecer mejor de los que se es. Aparentar valores y virtudes que no se poseen. Coger el vicio al postureo ético, tal vez porque previamente se ha construido una imagen bondadosa de uno mismo, y no se quiere o se puede renunciar a ella. Sin duda, porque esa imagen beneficia al interesado:  autoproclamarse socialista austero, que se conforma con nada; exhibirse como adalid del feminismo o como notable gayfriendly. Y sobre todo, presentarse como el pacificador  y el defensor de los pobres venezolanos frente a los intereses malvados de los yanquis. Ahora podemos intuir que las cosas no eran exactamente así. La hipocresía esculpe caretas y máscaras. Y Llega un momento en que el personaje se come a la persona. Y el interesado puede creer que la careta es su verdadera cara.

    2.- La avaricia y la codicia. Suelen estar en la base de toda corrupción. El dinero corrompe. El poder y el dinero corrompen doble o triplemente. La avaricia rompe el saco, pero casi siempre lo hace cuando ya no hay remedio para la enmienda. El saco se rompe porque se ha metido tanto en él y tan apretujadamente que, por las costuras rotas, aparece lo que se ha amasado y robado. Se dice que todos tenemos un precio. Y que si el primer chanchullo sale bien, es impulso para cometer un segundo, que parece facilísimo. Y así sucesivamente. La avaricia está reñida con la conformidad ante lo que uno es y uno posee. El codicioso sobre todo es un engreído y un vanidoso que cree que él se merece mucho más en la vida. La avaricia prospera en un humus y en un territorio donde aprovecharse del cargo para sacar beneficio se convierte en lo más normal del mundo, en lo habitual. Y si no, pareces un mentecato y un memo. ¿Tiene necesidad de robar un ex presidente al que le queda una buena pensión, que puede formar parte del Consejo de Estado, que es invitado a muchos foros como ponente, y que cobra bastante por ello? En estos días se ha repetido una arenga del ex presidente: “Un socialista necesita muy poco para vivir; en cambio está siempre dispuesto a dar”.

    3.- Sentiminiento de total impunidad. El sentirse impune e intocable suele conducir a cruzar esa delgada línea roja entre lo legal y lo ilegal, lo lícito y lo ilícito. Uno puede creerse tan importante, tan lleno de contactos, tan poderoso y tan arropado por personas influyentes, que no concibe que todo pueda ser descubierto y acabar en la cárcel. ¡Alguien tapará las fechorías, alguien comprará voluntades! ¡No se atreverán conmigo. Saldré indemne de cualquier sospecha! Tal vez, el ex presidente creía que sus espaldas estaban bien cubiertas por su partido, por la policía obediente, por el poder de la Moncloa, por las televisiones y los periódicos dóciles y subvencionados, por los expertos que lo asesoraban y que aseguraban cometer ilegalidades de las que no dejan huella o que, en el peor de los casos, otros subalternos cargarían con el muerto, cualquier secretaria, cualquier auxiliar. Se tiene la sensación de que el corrupto no se pregunta si las cosas son legales o si son éticas, sino únicamente si dejan o no rastro o manchas. Sentirse impune es la tentación de quien se cree superior al resto de los mortales y catetos de este mundo. La tentación del jefe de la tribu frente a los palurdos súbditos.

    4.- El poder genera personalidades complejas, alambicadas. A veces, retorcidas; a veces, abyectas. El poder (y el presidente del Gobierno lo tiene) y el dinero tienen el don de la insaciabilidad. Un vaso de agua puede saciar la sed de cualquier sediento. Un océano de poder o banco lleno de dinero no sacian la sed de más poder o de más dinero. El poder otorga a quien lo detenta una vestidura de endiosamiento. El dinero otorga a quien lo tiene una vestidura de respetabilidad y éxito. Ambas cosas pueden llegar a marear. Ambas cosas son adictivas, tanto o más que la heroína.  A Zapatero el poder le cayó del cielo, como un maná. Llegó a la presidencia del PSOE, contra todo pronóstico, porque el sector guerrista se negó a apoyar a José Bono, candidato favorito que perdió por un margen de 9 votos. Cuando tuvo el poder, sin duda creyó que no era una chiripa, sino algo merecido por sus cualidades de ‘hombre de estado’. Las elecciones que le alzaron a presidente del Gobierno ocurrieron bajo el impacto emocional de la mayor masacre terrorista. El brutal atentado el 11 de marzo de 2004, le convirtió en inquilino de la Moncloa, también contra todo pronóstico. Tal vez, al dejar la Moncloa, no se conformó con ser un ex presidente al que se invita al 12 de octubre y poco más. Su personalidad se fue endiosando y retorciendo. Quizás solo vale para filósofos como Tulio Cicerón aquel conformarse “con un jardín y una biblioteca”.

                Lo de Zapatero no es un caso aislado de corrupción o de enriquecimiento ilícito. ¡Tenemos tantos precedentes, a izquierda y a derecha, que se necesitarían varias páginas, simplemente para enumerarlos! Me temo que, igual que la mafia sólo puede funcionar en un territorio mafioso, también la corrupción sólo brota en un territorio corrupto. Y esto es lo verdaderamente grave. La raíz de la corrupción es, por tanto, un problema moral, una falta de ética, una carencia de valores cívicos sólidos y arraigados. ¡Todos los ámbitos necesitarían una regeneración ética y un rearme moral: de las familias a las escuelas, de las calles a las redes sociales, de las universidades al mundo laboral…!

                Porque lo malo de todo esto es que los sufridos ciudadanos de a pie, además de estar agobiados por tantos impuestos, sin saber muy bien en qué se gastan y malgastan, tienen que sufrir la chapa, la catequización, el discurso aburrido y pesado de los políticos que se alzan como si estuvieran aureolados con una superioridad moral y ética. A todas horas nos dicen, desde los atriles y púlpitos de sus cargos, lo que no podemos hacer, lo que no podemos decir, lo que tenemos que pensar en esta o en otra materia, ya sea sobre el fraude fiscal o el trabajo, la guerra y la paz, la cuestión de género o el cambio climático, o el modo austero de la vida o el lugar exacto de la verdad. Luego, vemos el uso indebido de los aviones oficiales, las denuncias de mujeres por abusos contra políticos muy ‘feministas’ o la frecuentación de prostitutas, los ataques al poder judicial cuando pillan alguno con las manos en la masa, el despilfarro presupuestario, la compra de votos mediante bonos, subvenciones y pagas, el rescate sospechoso de alguna empresa, o los intentos de silenciar o calumniar a los periodistas que no actúan como palmeros del pensamiento de un determinado partido.

                La lectura humana de un acontecimiento político o judicial no debería llevarnos, una vez más, a mesarnos los cabellos en señal de escándalo ni tampoco al linchamiento de los árboles caídos, sino a la práctica de una rectitud moral en cada conducta y en cada palabra. El día que los corruptos, de arriba, de abajo, de derecha y de izquierda, sientan verdadera vergüenza por sus conductas poco éticas, así sea por un lapicero distraído en la oficina o por un saltarse la lista de espera de la seguridad social, ese día, este país habrá dejado de ser un terreno fértil para ejercer la corrupción.









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