sábado, 10 de enero de 2026

Algo más que ruina en San Bernardino de Siena

 


        Teresa de Jesús solía aconsejar a sus monjas que no construyesen grandes monasterios, sino 'palomarcicos', para que no hicieran mucho ruido al desplomarse el día de Jucio Final. No parecía mal consejo. 

        El monasterio de San Bernardino de Siena (foto) de Cuenca de Campos, y de monjas clarisas, en verdad no era un monasterio espectacular o monumental, pero algo era, digo yo. Había sido construido en su mayoría con ladrillo y barro, materiales humildes y pobres, lo mismo que las casas de tantos vecinos durante siglos. Fue fundado en 1455 por doña María Fernández de Velasco. Hace un siglo, su pieza de más valor, el alfarje del sotocoro, fue vendido al millonario norteamericano Hearst.

    Las clarisas abandonaron, posteriormente el convento, y los sepulcros de la fundadora y de don Beltrán de Guevara, bienhechor del monasterio, fueron depositados en el convento de las Claras de Palencia, donde aún se las puede admirar en la capilla del Santísimo Cristo.

    A partir de ahí, el convento de Cuenca de Campos, como tantas obras de nuestro patrimonio, conoció el abandono, las inclemencias del tiempo, hasta el punto de desmoronarse poco a poco y año a año. Las lluvias del invierno pasado provocaron el derrumbe de una parte de la iglesia conventual. 

    La Fundación Rehabilitar Tierra de Campos hace lo que puede para salvar de la ruina este monumento, pero a veces la desidia, el abandono y los elementos van por delante de la buena voluntad de un pequeño grupo de personas que aman su pueblo o aman este monasterio concreto. 

  No son poco los que opinan que en Castilla y León tenemos tanto patrimonio eclesiástico que es imposible llegar a todo. No son pocos los que opinan que para qué rehabilitar algo, si no se le puede dar un uso rentable. No son pocos los que opinan que, al fin y al cabo, se trata de cuatro adobes y cuatro ladrillos. Y son legión lo que sienten indiferencia e incluso desprecio por estas antiguallas del pasado, por estas reliquias del ayer. Y en esas estamos. Así que poco o nada puede hacerse para revertir la situación de tantos monumentos en estado de abandono. 

      La lluvia y el viento seguirán desmigando los adobes y derrumbando los ladrillos. Y probablemente a nadie le importe mucho. Y sin embargo estos monasterios vertebraron poblaciones y fueron el alma de los pueblos. Constructores, pintores, arquitectos, músicos, escultores trabajaron para dar lo mejor de sí mismos y crear belleza. Muchos pobres se acercaron al torno pidiendo sopa caliente o unos garbanzos. Muchas monjas gastaron su juventud, su madurez y su senectud dando gloria a Dios en laudes y vísperas, vistiendo primorosamente los altares, sacando agua del pozo para regar coles y berzas, y horneando dulces de seculares recetas. 

        Las ruinas de cualquier monasterio conservan aún algo de quienes lo habitaron, lo hicieron un poco más hermoso o se arrodillaron ante el altar para impetrar la salud de un hijo o encomendar el alma de un ser querido.








miércoles, 7 de enero de 2026

Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías


 

        “Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías”. Es una tradición arraigada: muchos cristianos, al cruzar el umbral de Santa Sofía en Estambul, susurran un avemaría o hacen la señal de la cruz. Y no es un gesto vacuo o sin sentido. El Museo-Mezquita de Santa Sofía había sido una iglesia cristiana durante casi mil años. Una iglesia espléndida. ¿Cómo pudo ser levantado ese edificio en el siglo VI de nuestra era? Aún hoy se lo pregunta el visitante y se lo pregunta el arquitecto.

    Durante casi un milenio la Iglesia de Santa Sofía fue el mayor templo de la cristiandad, hasta la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. Cuando en 1453 Constantinopla cayó en manos de los otomanos, Santa Sofía fue transformada en mezquita, y se le añadieron los cuatro minaretes en el exterior, y algunos medallones con el nombre de Mahoma y versículos del Corán en el interior. Los nuevos ocupantes ordenaron a los albañiles que picaran los magníficos mosaicos del siglo XII que hablaban de Cristo y de María. Cuentan –leyenda o no- que algunos piadosos musulmanes, impresionados por la belleza de esos mosaicos, no los destruyeron, sino que se limitaron a darles encima una capa de mortero. Siglos después aparecieron, bajo una capa de cal, algunos restos, fragmentos de toda esa espléndida belleza musiva. En 1936, con la llegada de Ataturk al poder, y en el marco de su vasto intento de laicidad de la sociedad turca, Santa Sofía se convirtió en un Museo.
       Desde julio de 2020 el Museo Santa Sofía ha vuelto a retomar su antigua categoría de mezquita, dentro del imparable proceso de islamización llevado a cabo por el presidente Erdogan. El presidente que gobierna con mano de hierro a Turquía ha encarcelado a muchos de sus oponentes: jueces, políticos, periodistas, profesores, escritores, militares, artistas… a cualquiera que no agache la cerviz ante su discurso grandilocuente de sultán del siglo XXI. Pero Europa le baila el agua y mira para otro lado. Para recordatorio: Zapatero y Erdogan fueron los más entusiastas dignatarios (España pagaba la factura y Turquía ponía la cháchara) de la iluminada Alianza de Civilizaciones. Europa ha convertido a Erdogan en cancerbero y gendarme de fronteras, es decir, en dique que contenga a migrantes y refugiados. A cambio de un puñado de millones de euros, el señor Erdogan mantuvo -y mantiene- a raya, en condiciones lamentables, a los migrantes, rehenes aparcados en denigrantes campos. Y así chantajea a Europa. Europa le deja hacer. Y no pone obstáculo alguno ni a la conculcación de los derechos humanos más elementales ni a la islamización del país. Así es el mundo y así funciona el carrusel con cuchillas del poder que gira y gira, segando a diestra y siniestra lo que se opone a ese poder.
           Estambul, símbolo de convivencia pacífica, de tolerancia, de alegre síntesis de credos y culturas, ya no lo es tanto. Los amantes de manifestaciones y algaradas en España y en Europa también callan ante la islamización obligada en Turquía. Una cosa es que Polonia o España quieran plantar una cruz en una plaza o en una escuela (en seguida serían acusadas de intolerantes y sectarias por intento de recristianización, pecado imperdonable ) y otra cosa es que Erdogan haya convertido en mezquitas el Museo de Santa Sofía y la basílica de San Salvador de Cora, verdaderas obras maestras del arte bizantino y patrimonio de la Humanidad.
        El 27 de diciembre de 537 tuvo lugar la fabulosa ceremonia de consagración de la megalé ecclesia (la gran iglesia) por parte del emperador Justiniano y de su esposa Teodora. El emperador, situado en el centro de la basílica, pudo exclamar, lleno de orgullo: “Te he superado, Salomón”, en alusión al celebrado templo de Jerusalén, construido por el rey judío.
        Al mismo tiempo que en la mitad del mundo los hombres levantaban pequeñas chozas, un genial arquitecto y un genial matemático, Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles, levantaban esta obra que a los contemporáneos causó incredulidad y pasmo, especialmente su cúpula, un prodigio. Procopio de Cesarea escribió: “Quien entra a rezar comprende en seguida que esta obra no puede haber sido realizada por fuerza o habilidad humana, sino por el favor de Dios”.
        Curiosamente, la arquitectura de esta iglesia cristiana dedicada a la Sabiduría Divina (Hagia Sophia, en griego) ha ejercido una notable influencia en mezquitas del mundo entero. Muchas artistas eligieron el modelo del templo estambulí para alzar hermosas mezquitas, como puede comprobar el visitante en la Mezquita Azul, justo enfrente de Santa Sofía, y en otras tantas.
        Es de esperar que, más allá de las fanfarrias y los excesos del señor Erdogan y su programa de islamización de la otrora laica Turquía, los piadosos musulmanes que recen en sus naves se sientan heridos por esta belleza creada para gloria de Dios. Y que esta belleza, propósito de toda belleza, los haga mejores y más sabios.
        “No parece que esté anclada en la tierra, sino suspendida en el cielo por cadenas de oro”, expresó un cronista el día de su consagración. Y sin duda, esta misma impresión seguirá causando a creyentes, cristianos y musulmanes, y a visitantes de todo el mundo. Y siempre hará, ayer, hoy y mañana, cristianos que harán la señal de la cruz al entrar en Santa Sofía o en San Salvador de Cora, y musitarán en silencio un avemaría. "Ad maiorem Dei gloriam et Mariae Matris suae".









lunes, 5 de enero de 2026

2026: Apenas casi nada

 


        Apenas casi nada es la huella que un hombre puede dejar o deja en su vida. Si exceptuamos a los grandes artistas cuyas obras aún nos causan gozo y deleite. Si exceptuamos a los grandes genios, de cuyos inventemos aún nos seguimos beneficiando. Si exceptuamos a los grandes mandatarios que supieron trabajar por la ciudad y la hicieron mejor y más habitable. Si exceptuamos a los grandes santos, cuya estela de sabiduría y caridad aún es continuada por sus seguidores, apenas casi nada queda del resto de los millones y millones de hombres y mujeres que nacieron, vivieron un rato, desaparecieron en seis palmos de tierra, de los cuales sus hijos guardaron memoria durante unos años aún, y que luego desaparecieron del todo, como si no hubieran existido, como paja despreciable, como hierbajo del campo que el agosto agosta, como el agua dulce condenada a fluir a la mar. Apenas casi nada. Y sin embargo somos eternos mientras estamos vivos, llenos de vigor y de ilusión. Así es el hombre, un suspiro, un soplo que se desvanece, copa que se vacía y pan que se mastica. Caña pensante, sueño que se sueña, pesadilla que se agita, sombra destinada a la nada cuando el atardecer llegue. Y el atardecer siempre llega. Pero somos eternos mientras el corazón bombea, la cabeza piensa, el alma cree, los labios besan. Y los oídos oyen risas y penas. Y las manos ofrecen una caricia o una flor o un trozo de pan o un libro. Apenas casi nada es el hombre. Pero es eterno mientras se sueña eterno.

El sueño de los Magos de Oriente

     


    Al menos en nuestra cultura, ninguna noche provoca en los niños tanta ilusión, alegría, asombro y estupor como la Noche de Reyes. Toda la sociedad, a una, se vuelca para que la tradición siga viva y, para que, al menos durante unas horas los mayores pongamos nuestro grano de arena en la construcción de un mito sin igual: los Reyes Magos llegarán a todos las casas y dejarán a los pequeños algún regalo sobre sus limpios zapatos.

    Las cabalgatas espectaculares recorren cada ciudad y cada pueblo. Las televisiones retransmiten en directo este acontecimiento. Los alcaldes ofrecen una bienvenida regia a sus majestades de oriente. Los carteros reales, previamente, han recogido miles de cartas y han hecho llegar a Melchor, Gaspar y Baltasar los deseos infantiles. Las calles iluminadas de miles de bombillas subrayan este evento anual. Los Reyes cumplen con la tradición de adorar al Niño Jesús en las plazas de las ciudades. Toneladas de caramelos vuelan en todas las direcciones, endulzando una noche, ya de por sí dulce. 

        Con asombro, los niños descubren, al despertarse, que los regalos mil veces soñados están en el salón de su casa, lo mismo que descubren que los camellos han bebido el cuenco de agua y los Reyes han probado el dulce de mazapán que les dejaron preparado antes de acostarse nerviosos. Los mayores recuerdan cuando eran niños y recibían con increíble alegría los humildes regalos de la época: tal vez una pelota de plástico, tal vez una bolsita de peladillas o una bufanda. Los hermanos mayores repiten a los hermanos menores lo que ellos ya no creen: la leyenda con pelos y señales de los Magos venidos de lejos. Y los padres, por unos días, encuentran un argumento incontestable para que los hijos se porten como Dios manda: el carbón amenaza a los niños cuyo comportamiento ha sido regulín, regular. Por todo ello, cuando los niños descubren que los padres son los reyes sufren una frustración, una desilución y un golpe de realismo brutal: la vida es así, un poco cruel y un poco mentirosa y decepcionante. Cuando estos niños lleguen a ancianos y echen la vista atrás, desde sus años y sus canas y sus arrugas, llegarán a la conclusión de que sus padres, por entonces durmiendo el sueño eterno de los justos, fueron su mayor suerte, su mayor riqueza, los verdaderos reyes que les dieron todo, no sólo la Noche de Reyes, sino todas las noches de su larga vida.

      Esta tarde de Reyes me he fijado en una escena que el arte cristiano ha repetido admirablemente en capiteles, vidrieras, lienzos y tablas: la visión que los Reyes Magos tienen mientras duermen. ¿Y qué sueñan los Reyes? Sueñan con que cada ser humano deje su confort y salga a la intemperie para buscar la verdad y la verdadera sabiduría, que son, al fin y al cabo, la felicidad. Sueñan con que cada ser humano encuentre su estrella, una estrella que le guíe en la vida, por laberintos y caminos difíciles, hasta encontrar una verdadera razón para vivir y para celebrar. Sueñan con un mundo donde los niños sean tratados como niños, rodeados de amor y cariño, y con un juguete en sus manos. Sueñan con niños a los que el hambre no consuma, la guerra no hiera, y los abusos de cualquier tipo, pudra para siempre su corazón de niño. Sueñan con un mundo donde los poderosos no intenten imponer su punto de vista con violencia a nadie, donde los que gobiernan el mundo luchen por el pan y la cultura de todos y no por mantenerse en el poder, caiga quien caiga.

    Precisamente el ángel del Señor se apareció a los Magos mientras dormían, para que no informaran a Herodes dónde había nacido el Niño, porque quería matarlo. La historia ya sabemos como continúa: los Magos burlaron al rey Herodes y volvieron a su tierra por otro territorio, y este ordenó la matanza de los inocentes. María y José tuvieron que abandonar precipitadamente su tierra y refugiarse en Egipto. Y los gritos de dolor de niños y madres resonaron por todo el mundo.

    Cambiemos los nombres, cambiemos los papeles, troquemos los escenarios y los paisajes, y caeremos en la cuenta de que las pocas páginas que narran la infancia de Jesús, son de un realismo tan bello como sobrecogedor. Se repiten año a año, siglo a siglo. El corazón del ser humano está donde ha estado siempre y gira, como en una interminable noria o carrusel, entre la bondad de unos hombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, que recorren el mundo para ofrecer al Niño (a todos los niños) lo mejor de sí mismos, lo mejor del cofre de su corazón, y la maldad del rey herodes que, antes de renunciar a su yo (poder, estatus, influencia, riqueza, fama y honores), es capaz de lo peor que un ser humano puede hacer: manchar sus manos y su corazón con la sangre inocente de unos niños y con la sangre inocente de todas las víctimas que va dejando a su paso.

    Cada uno de nosotros, todos los días, toda la vida, ha de hacer una elección. ¿Queremos renunciar a nuestro yo y entregar el cofre de nuestro corazón para hacer felices a otros, o preferimos seguir encastillados en nuestro yo, incapaces de renunciar a nada de lo que pensamos que es nuestro e ir dejando una estela de sufrimiento, de malestar, de resentimiento en quien se cruza en nuestro camino? ¿Detrás de qué estrella caminamos y que visiones o sueños dejamos que alimente nuestro corazón?

     




 






lunes, 29 de diciembre de 2025

Las lecturas de 2025

  

 

    Leer, leer, leer la vida / que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida / las cosas que pasaron. / Se quedan las que quedan, las ficciones, / las flores de la pluma, / las solas, las humanas creaciones, / el poso de la espuma. / Leer, leer, leer, ¿seré lectura / mañana también yo? / ¿Seré mi creador, mi criatura, / seré lo que pasó.

    Es uno de los poemas más conocidos de Miguel de Unamuno. Se lee para aprender de lo que otros soñaron o vivieron. Se lee para saber lo que aconteció en los cuerpos y en las mentes de otros. Se leer para conocer la herencia de dolor y gloria que nos dejaron los escritores. Se lee para espantar el miedo o la muerte. Se lee para entretener la tarde o combatir el insomnio.

        En 2025, estas son las lecturas que dejaron un pequeño poso allá en los adentros.

El niño que se enfadó con la muerte, de Enric Benito

         Cuando su abuelo Sebastián, albañil, un hombre hecho a sí mismo, murió en medio de dolores devastadores, Enric Benito tenía 10 años. Sus padres estaban volcados en su hermano, Tito, con una discapacidad severa, y el abuelo era el único que le hacía caso, así que cuando la muerte se lo arrebató, sintió una tristeza inmensa. Y se enfadó. La muerte se llevaba a quien más quería y él se quedaba ahí, rumiando esa manera tan dolorosa de morir.

      Enric eligió hacer medicina para vengar la muerte del abuelo, y en concreto oncología. Muy pronto aprendió que en los hospitales los cuerpos sufrían, pero sufrían aún mucho más las almas cuando intuían que la muerte estaba en el horizonte.

Después de una crisis existencial y una depresión por estrés, empezó a buscar respuestas a sus angustiosas preguntas. Volvió a la fe de su infancia. Dejó el hospital y decidió dedicar su vida a los enfermos terminales, para ayudar al moriturus a afrontar  el “morimiento”, con la misma naturalidad con la que el nasciturus afronta el nacimiento.

El libro es una hermosa lección de dignidad y de compasión para afrontar el tránsito entre la vida y la muerte. Una lección necesaria en esta sociedad que se niega a admitir lo que nuestros antepasados sabían perfectamente: somos mortales.


La vegetariana, de Han Kang

       La Academia Sueca concedió el Premio Nobel 2024 a la escritora surcoreana Han Kang. No había leído nada de ella, así que decidí empezar con esta novela.

        De la noche a la mañana Yeonghye decide dejar de comer carne. Y no lo hace por dieta o por motivaciones medioambientales. La única razón que nos da es que "tiene sueños" que la inquietan y que sufre por su causa. Pero apenas conocemos el punto de vista de la protagonista. En la primera parte es la voz del marido quien da su versión de los hechos. En la segunda parte es el su cuñado, marido de su hermana, el que nos habla de Yeonghye. En la tercera parte, es la voz de la hermana, sin lugar a dudas la única persona que permanece a su lado en este proceso inexorable de autodestrucción.

       Estamos ante una novela inquietante y desasosegante, pero es una novela que capta la atención y que te sumerge en el cuerpo y el alma atormentados de la protagonista. En la segunda parte hay un momento en que se vislumbra la redención o una posible sanación de Yeonghye, pero es una historia que no podía acabar bien: lanzarse al fuego y creer que este no nos devorará.

El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas

Javier Cercas, ateo practicante y anticlerical convencido, recibió con estupor la llamada de la Editorial Vaticana que le invitaba a acompañar al Papa Francisco en su viaje a Mongolia y escribir un libro. Pensó en su madre, católica sencilla, a la que no asustaba la muerte porque creía sin fisuras en la resurrección y en el reencuentro con su marido al que tanto había amado.

         Javier Cercas se empapó bien sobre Francisco y sobre el Vaticano. Tuvo acceso a todas las personalidades de la Santa Sede con las que quisiera hablar. Y un buen día subió al mismo avión que llevaba a Francisco a ese lugar extremo de Mongolia donde hay tan pocos católicos que todos “caben en un teatro”.

El libro es un fascinante ensayo sobre un minúsculo estado, el Vaticano, probablemente el único ‘estado’ planetario. Es estudio de la Iglesia, el único imperio que lleva dos milenios en activo y con una fuerza inexplicable, a pesar de la crisis de fe que ataca a Europa por los cuatro costados. Es crónica del viaje papal a Mongolia, sucesión de entrevistas, resumen de lecturas sobre el tema, biografía del Papa Francisco... Y todo ello salpimentado con recuerdos y memorias del propio autor. El libro tiene su parte de intriga, de crítica acerba, su mala leche, su elogio y admiración por aspectos luminosos de la Iglesia, como la vida abnegada de los misioneros o el afán de Francisco por poner en el centro de la Iglesia a Cristo y a los pobres.


La buena letra, de Rafael Chibes


    Una pequeña obra maestra cabe en apenas un centenar de páginas. La muerte se llevó muy temprano a su autor, Rafael Chirbes (1949-2015), del que aún esperábamos grandes cosas. Hay autores que ya habían dicho todo cuando Caronte les condujo en su barca por la laguna Estigia. Y hay autores que se llevaron a su tumba grandes libros aún no escritos. Chirbes fue uno de ellos.

    Sobre un fondo de guerra civil y de los llamados años del hambre, se inicia esta novela La buena letra. Con el sonido de los fusilamientos aún cercanos y la miseria en la mesa a todas las horas, Ana es la mujer que escribe o cuenta su vida y la de la familia a un hijo que ya considera perdido para su corazón.

    La frustración de la vida. La decepción que causan las personas a las que entregamos parte de nuestra existencia. Lo poco que fructifica el sacrificio y el esfuerzo sembrados. Las vidas galantes, románticas, heroicas que suceden en la pantalla del cine y que nos hacen soñar durante un par de horas. Los deseos inconfesados a los que no sabemos poner nombre y que ponen en tumulto el corazón durante unos segundos. La culpa por pecados aún no cometidos. La sensación de la inutilidad de la vida. La tristura que se va colando por todas las rendijas de nuestro ser. La irrupción de una mujer en una familia que pone patas arriba la convivencia pacífica. La muerte y el deseo de morir presentes desde el inicio al final de la novela. El dolor de tantas ausencias, de tantas vidas con las que nos encariñamos. 


Niño quemado, de Stig Dagerman

 En solo seis semanas, en un estado febril, pero con la precisión de un frío cirujano, Stig Dagerman escribió Niño quemado. Apenas dedicó tres años de su existencia a la escritura. Después entraría en un desierto estéril que le impidió acercarse al folio en blanco. El 4 de noviembre de 1954, a tan solo 31 años, a las afueras de Estocolmo, entró en el garaje, cerró la puerta, arrancó el coche y en pocos minutos los gases acabaron con él.

Niño quemado no habla de un niño, ¿o sí?, sino de un joven de 20 años, Bengt, que acaba de perder a su madre, lo más querido para él. La novela arranca con el entierro de una mujer que no era amada ni por su marido ni por los asistentes al entierro. Un funeral en el que apenas se llora. Un frío glacial acompaña el momento de la despedida. Poco después Bengt se entera de que su padre llevaba una doble vida al lado de una mujer más joven. La rabia y el odio entran en él. También el cinismo y el amargor. Se cree puro frente a un padre impuro. Y lo que sucede con los que se creen puros es que juzgan sin piedad a los impuros.

Dagerman nos brinda una novela dura y cortante. Todos los personajes se sienten incomprendidos y, por lo tanto, dramáticamente solos. Tal vez, únicamente un vaso de alcohol puede encender sus mejillas y su escasa alegría. 

El lector, de Bernhard Schlink

 La novela El lector fue publicada en 1995. El título original en alemán, Det Volteser, significa el que lee en voz alta, un bonito matiz que no tiene vocablo equivalente en español. Su autor, juez de profesión, es Bernhard Schlink. Desde el principio la novela gozó de una gran acogida, hasta el punto de que su lectura está en el plan alemán de estudios, para que los jóvenes puedan conocer la Alemania de la posguerra, ese momento histórico que conoció el hundimiento de una nación, la división de un país, el sentimiento exacerbado de la culpa en tantos ciudadanos que habían aplaudido el auge del nazismo o simplemente habían mirado a otro lado, aunque todo el mundo sabía, más o menos, lo que estaba sucediendo en los campos de concentración. Pero también la posguerra fue ese momento en que Alemania se armó de valor para levantar una nación en ruinas, físicas y morales Y también fue el periodo en que una juventud avergonzada por el pasado reciente de su propio país, sin explicarse muy bien cómo había podido triunfar el nazismo y sentirse rodeados por padres, abuelos, vecinos o profesores que habían apuntalado una sociedad enferma moralmente.

El Lector nos mete de lleno en el misterio de la iniquidad. El misterio del mal. El misterio del corazón humano, que es capaz de todo, de lo mejor y de lo peor. La culpa enloquece a unos y torna impenetrables y herméticos a otros. 


Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa

      La Catedral es el nombre de un bar de Lima donde conversan Zavalita y Ambrosio, después de un encuentro casual en la perrera municipal a la que acude Zavalita para recuperar a su perro y donde Ambrosio, antiguo chófer de la familia, apalea perros sospechosos de haber contraído la rabia. Una larga conversación de horas, una conversación que es como un río donde llegan arroyos claros, turbios, fangosos o cristalinos. Un río que atraviesa Perú durante el ochenio del general Manuel A. Odría (1948-1956).

      Vargas Llosa confesó más de una vez que esta novela es la que salvaría si tuviera que elegir una sola. Es una novela total. Entre trago y trago pasa la vida. Entre trago y trago transcurre la conversación de Zavalita y Ambrosio en ese antro de La Catedral. Caen los dictadores y sus adláteres. Pero el ansia de poder permanece, como permanecen las ganas de corromper y dejarse corromper en el Perú de Odría, y en todos los Perús del mundo. Al final de la novela de Mario Vargas Llosa no nos queda claro en qué momento se jodió el Perú. Ni en qué momento se jodió Santiago Zavalita ni en qué momento se jodió Ambrosio. La catedral sigue siendo una de las grandes novelas del siglo XX.

Los días frágiles, de Philippe Besson

    En 1891, al puerto de Marsella llega un hombre joven, aunque acabado. La infección de su pierna avanza inexorablemente. El cáncer de hueso le roe. En el hospital marsellés, los cirujanos deciden amputarle la pierna. Estamos hablando de Arthur Rimbaud. Niño prodigio de las letras francesas. Enfant terrible de la poesía, cuyos versos dejaron sin palabras a toda la intelectualidad francesa. Bebedor incansable de absenta en los cafés parisinos. Rubio provocador de ojos azules y mirada lánguida de los salones literarios. Joven que se puso el mundo por montera liándose con el afamado poeta casado, Paul Verlaine. Y con el que huyó a Bruselas, provocando un  escándalo monumental en la mojigata sociedad francesa de la época.

     El hijo pródigo de la literatura francesa vuelve a casa, ni arrepentido ni humilde, sino altivo y provocador, fiel a su genio y a su talante. Y en su tierra natal, Las Árdenas, oscura de nieblas y aguas, no le espera ningún padre con los brazos abiertos que le prepare una fiesta de bienvenida, como sucede al hijo pródigo del Evangelio. Una fría y hermética madre le abre la casa familiar, pero no le abre el corazón. El hijo que ha sumido a la familia en una ignominiosa vergüenza, ¿se merece acaso otra cosa? En su orgullo, madre e hijo son iguales. Pero Rimbaud es ahora un guiñapo, un enfermo digno de compasión. Y Philippe Besson reconstruye en Los días frágiles el último tramo de la vida del siempre sorprendente Arthur Rimbaud.


El puente sobre el Drina, de Ivo Andric

    Ivo Andríc escribió esta novela en 1945, en lengua serbocroata y con el alfabeto cirílico (Дрини ћуприја), apenas terminada la II Guerra Mundial, y en ella el protagonista es el puente que cruza el río Drina a su paso por Visegrado, en Bosnia.

    Esta gran novela abarca cuatro siglos, justamente desde que un niño cristiano de apenas 10 años, arrancado de los brazos de su madre, fue llevado, como tantos otros, ante el sultán otomano para formar parte, desde pequeños, del ejército de jenízaros. Era el adzami oglam, o tributo de sangre. Era el peaje que tenían que pagar las familias cristianas en el imperio otomano. Durante horas, tal vez días, los niños empapados hasta los huesos esperaron hasta que un barquero los fue pasando sobre las aguas crecidas y turbulentas del Drina. En las orillas se juntaban todas las pobrezas y las desdichas del mundo. Esa mañana de 1516, ese niño de 10 años vio todo esto mientras los gritos de las madres le desgarraban el alma y un dolor agudo le golpeaba el pecho. Ese dolor se quedaría ahí por muchos años. El niño creció y llegó a ocupar un puesto muy importante en el imperio otomano. Sería mundialmente conocido como el Gran Visir Mehmed Bajá. Entonces se acordó de aquel penoso viaje. Se acordó de que todos los hombres sueñan con una “buena vía, una compañía segura y una posada caliente” y decidió construir un puente que asombrase al mundo: el puente sobre el Drina, para unir Bosnia con Oriente.


Mientras agonizo, de William Faulkner


    William Faulkner escribió Mientras agonizo en 1930. El título (As I lay lying), según he leído, está sacado de un verso de Macbeth de William Shakespeare. La novela está situada en el condado ficticio de Yoknapatawpha, inspirado en la propia tierra natal del escritor. Una tierra dura que crea seres humanos duros, tercos, implacables, adustos, taciturnos. Una tierra tan dura que enloquece. Faulkner recibió el Premio Nobel en 1949.

    La novela transcurre en apenas unos diez días, si bien la escritura tiene sus retrocesos y sus avances. Se trata de una novela coral, dividida en 59 monólogos interiores, y contada por 15 narradores diferentes (el padre, la madre difunta, los cinco hijos, pero también el médico, el pastor de la iglesia, los vecinos y algunos más), lo que nos permite ver la historia desde muy diversos puntos de vista.  Poco a poco, como en un rompecabezas, todo va va encontrando su sitio. Los narradores cuentan lo que recuerdan, temen, esperan, aman u odian. Cada narrador nos ofrece su voz y su sensibilidad, para que el lector, con todos los materiales, pueda comprender la vida de estos personajes atrapados en una tierra y en un viaje en los que la pobreza es visible y la miseria moral también. A la madre sólo le corresponde un monólogo interior, justo a la mitad del libro, pero es un monólogo crucial, como la piedra angular de todo el edificio de la historia contada.


Corazón tan blanco, de Javier Marías

        Javier María nos dejó en 2022, y probablemente aún le quedaban por escribir algunos buenos libros. Novelista, traductor, columnista, ensayista, polemista, en 2012 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura, pero rechazó esta distinción: “Estoy siendo coherente con lo que siempre he dicho, que nunca recibiría un premio institucional. He rechazado toda remuneración que procediera del erario público”. Para unos, fue hacer un feo. Para otros, un acto ético.

            Corazón tan blanco tiene uno de los comienzos más deslumbrantes de la novelística en castellano: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola…”

  Una novela potente y perturbadora. Marías va desgranando aquí y allá semillas que, con el pasar de las páginas, adquieren su sentido. Una novela que se va construyendo como se construye el pasado de una civilización, a través de las distintas capas de una excavación arqueológica.


Obras completas del Hno Rafael


    El 26 de abril de 1938 un joven monje de apenas 27 años murió en la Trapa de Dueñas. Muchas décadas después, su tumba en el monasterio trapense sigue recibiendo miles de visitas y sus escritos siguen deslumbrando y alumbrando por su profundidad, sus altos vuelos y la belleza de sus reflexiones. La fama de santidad se fue extendiendo por doquier desde el momento en que su cuerpo, reducido a un guiñapo por la diabetes, cerró los ojos.

    Hoy aún podemos leer sus escritos. Y lo debemos a dos circunstancias extrañas. En los últimos años de su vida, Rafael se carteó con su tía, la duquesa de Maqueda, su alma gemela. Ambos hicieron un pacto: apenas leídas y contestadas, las cartas debían ser destruidas. Pero su tía, anonadada por la correspondencia de su jovencísimo sobrino, no cumplió el pacto y guardó las cartas como un tesoro. Al día siguiente del hermano Rafael, debían haberse destruido los escritos que tenía en el cajón de su mesa, pero su confesor, que conocía la santidad del alma del joven monje, suplicó de rodillas al abad que no los destruyese.

Hoy día sus escritos son una guía segura para adentrarse, sin perderse, por el camino que lleva al corazón de Dios. Las obras completas del hermano Rafael (santo desde 2009) siguen iluminando a muchos creyentes en sus noches oscuras.


Septología, de Jon Fosse


            Ochocientas páginas que hipnotizan desde el principio hasta el fin. No se trata de un argumento trepidante. Septología hipnotiza como hipnotiza el fuego en un fría noche o el movimiento de las olas desde una playa solitaria. Asle, el protagonista, recuerda fragmentos de su vida de pintor, de esposo, de alcohólico, de creyente. Y el lector contempla embelesado esta continuo oleaje de palabras, de personajes que se desdoblan y duplican, de días de bruma, de nieve que cae, de cercanía hacia otros seres humanos, tan desamparados como el protagonista.

        Jon Fosse, noruego, ganó el premio de literatura en 2023. Para mí fue todo un descubrimiento. Y Septología la considero una obra mayor, difícil de resumir, inclasificable. ¿Pero acaso se puede definir la sensación que nos produce una tarde de lluvia, el interminable sucederse de las olas, el crepitar del fuego o las palabras de una avemaría tras otra.

            Hay que entrar en este libro de Jon Fosse, como quien se sumerge en un bosque de belleza inaudita, o quien se lanza al agua en un día de calor o quien entra en una iglesita de sobrecogedor silencio. El argumento poco importa. O tal vez sí: la aventura interior de un pobre hombre. Nada menos que un hombre.



sábado, 6 de diciembre de 2025

¿Safaris humanos en Sarajevo?


Si verdaderamente se confirma que hubo safaris humanos en Sarajevo, tendremos que admitir que el ser humano ha descendido un peldaño en lo que entendemos por humanidad.

En este momento la fiscalía de Milán ha abierto una investigación al respecto, después de recibir denuncias verosímiles que hablan del asunto. Al parecer durante el cerco a la ciudad bosnia de Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, entre 1991 y 1994, se celebraron safaris humanos. Turistas ricos pagaban cantidades exorbitantes al ejército serbio para situarse como francotiradores en las montañas que rodean la ciudad de Sarajevo, disparar contra cualquier ciudadano que atravesase una calle o una plaza, y "cobrar una pieza humana” . Según las denuncias, los turistas francotiradores partían de la ciudad italiana de Triste y llegaban a Sarajevo a pasar el fin de semana, con la misma tranquilidad y adrenalina que el que se marcha a cazar un oso en Rumanía o una cabra hispánica en Las Batuecas salmantinas.

            Y lo mismo que en una cacería de animales no se paga lo mismo por todas las piezas, también existían diferentes precios, dependiendo del ser humano abatido. Los más cotizados, los niños; luego, las mujeres; después lo soldados y, por último, los ancianos. A veces se producía un tiroteo en una plaza. Los vecinos acudían a socorrer a los heridos y entonces esos mismos vecinos compasivos se convertían en un blanco fácil para los tiradores apostados en sus puestos de tiro, con un doble whisky y una lata de caviar al lado.

            Los rumores sobre este tipo de prácticas circulaban cada poco tiempo. La exalcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, presentó una denuncia en este sentido en 2022, pero parece ser que fue papel mojado. En el mismo año, se presentó el documental ‘Sarajevo safari’, dirigido por Miran Zupanic, en el que varios testimonios hablaban abiertamente de esto. A las montañas de Sarajevo, habrían acudido ‘cazadores de humanos’ canadienses, estadounidenses, italianos, rusos y de algún otro país.

            Ahora se sabe también que esta práctica de caza se llevó también a cabo en la guerra del Líbano y en otras guerras africanas. Que en las guerras se cometen todo tipo de atrocidades por parte de los combatientes es algo sabido. Con razón se dice que “en las guerras se abre la veda”, es decir se suspenden las normas y se da permiso para matar, y no solamente por ideas gloriosas de defensa de la patria, la revolución, los ideales y los valores, sino que en las guerras se abre la veda para las venganzas, los inconfesables motivos y todas las aberraciones posibles.

            Pero lo de ‘cacerías humanas” para turistas adinerados, no entraba hasta ahora en el vocabulario bélico. En un artículo de Conversation, firmado por Fernando Díez Ruiz, de la Universidad de Deusto, se habla de la ‘anatomía psicológica de los cazadores de Sarajevo”. Según este profesor, el perfil de estos turistas es el de personas aparentemente normales en su vida familiar o laboral, pero con pasión por las armas y la caza, necesitadas de dosis extremas de adrenalina, capaces de deshumanizar a un ser humano que cruza una calle, proclives al sadismo que ellos revisten de aventura, rebosantes de un narcisismo psicópata y que identifica, sin problema, placer y poder.

            Hanna Arendt ya habló hace tiempo de la ‘banalidad del mal’. Cuando la conciencia, la ética y la espiritualidad desaparecen de nuestras vidas, basta el anonimato y la sensación de impunidad, para devolvernos a la selva y, como el lobo, matar por el placer de la sangre, y no por la necesidad de alimentarse o defender las crías.

            De momento no se ha puesto nombre y apellidos a los ‘cazadores’, tal vez nunca se les ponga. Tal vez no se encuentren pruebas contundentes. Tal vez haya intereses en no remover el fango de aquella guerra. Los familiares de los muchos hombres y mujeres que murieron en el cerco de Sarajevo a manos de los tristemente famosos francotiradores, ahora saben, o mañana sabrán, que no se trataba de odiosos soldados enemigos, sino de unos 'simples' turistas que, al volver de la cacería, dieron un beso a su mujer, cenaron tranquilamente con música de fondo de Mozart, y entregaron algún souvenir del duty free del aeropuerto a sus hijos. ¡La banalidad del mal!









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