No me resulta curioso, ni me resulta
chocante. Me resulta inquietante y descorazonador que Armando Otegui, el
sanguinario etarra, el que tuvo mucho que ver en el atentado de Hipercor en
Barcelona, donde murieron tantas personas y hubo tantos heridos, fuera
aplaudido y vitoreado hace unos días en esta misma ciudad, en la ofrenda con
motivo de la Diada. Y me resulta descorazonador que en ese mismo acto, miembros
del Partido Socialista fueron insultados y que otros grupos políticos, como el
Partido Popular o Ciudadanos no pudieran ni siquiera acercarse al lugar de la
ofrenda. Resulta descorazonador que, en Cataluña, el afán acérrimo por defender
una ideología les haga pasar por alto los crímenes del asesino y no sean
capaces de conceder el mínimo derecho a la existencia política a quien piensa
diferente en cuestiones de separatismo. Y todo esto ocurre como si nada, como si
fuera lo más normal. Las minorías radicales y violentas se están ‘labrando un
amplio porvenir’ en la sociedad catalana. Y esto es muy preocupante. Los
acontecimientos por venir proyectan con antelación sus sombras. Y si muchos
ciudadanos fuesen mínimamente racionales o razonables, se darían cuenta de que
estas sombras sólo pueden proyectar una larga noche de odios y de venganzas.
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