Un sábado de septiembre. Llegué a la cafetería Las 4 calles, en Renedo, después de una caminata. En la mochila llevaba el libro 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Un brevísimo libro que yo leí como una novela epistolar. Al acabarlo, supe que no se trataba de una novela sino de la recopilación de la correspondencia que Helene Hanff había mantenido durante unos 20 años con la librería Marks & Co, situada en el número 84 de la calle Charing Cross, de Londres.
Helene Hanff, nacida en Filadelfia en 1916 y muerta en Nueva York, en 1977, se ganaba la vida escribiendo guiones para series de segunda en una televisión. Recibía un corto salario que ella gastaba en libros. En el año 1949, poco después de la II Guerra Mundial entra en contacto con una librería londinense de segunda mano. Helene es una lectora empedernida, pero también alguien que ama los libros por el tacto de sus hojas, por las bellas encuadernaciones, por el tipo de tinta de imprenta, e incluso por los propietarios o lectores previos que un buen día decidieron vender sus libros a una librería de segunda mano. Y desde Nueva York, Helene se dirige a Marks & Co para solicitar libros descatalogados, primeras ediciones, inencontrables en su ciudad. A partir de ese momento, primero de forma comercial, después familiar, conocemos las correspondencia entre Helene Hanff y Frank Doel y otros empleados de la librería, incluso algunos familiares de los últimos.
En el bar, R., el camarero, me saludó y me sirvió mi café con dos galletitas. Un par de hombres, justo a mi lado, hablaban con pelos y señales de cómo iba a ser el campeonato de Formula 1 de Madrid. En una de las pantallas, hablaban de Ceuta y pasaban imágenes de las acampadas improvisadas. En la otra pantalla, se hablaba de fútbol. Entraron dos mujeres a las que acababan de peinar y maquillar para una boda. Llamativo peinado y llamativo maquillaje que no casaba nada con sus chándales holgados y sus playeras algo desgastadas. Me acabé el café y me zambullí en la lectura, ajeno totalmente al ruido de las conversaciones y al traqueteo de la cafetera. La noche anterior había leído unas 50 páginas.
Los diarios de Samuel Pepys, las obras de John Henry Newman o John Donne, libros de Jane Austen, Charles Dickens, William Blake o Robert-Louis Stevenson, una edición primorosa de la Vulgata Latina o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer... son algunos de los libros que cruzan el mar para llegar al apartamento destartalado y oscuro en el que vive Helene Hanff. De los pedidos asépticos se pasa, poco a poco, a una amistad entre la autora norteamericana y el librero londinense. Una amistad que se hace extensiva a las familias de los empleados. Y esto es así porque Helene sabe de las penurias y el racionamiento a la que la posguerra ha obligado a los ingleses. Y, de forma manera delicada y sin darle importancia, Helene envía paquetes de alimentos a la librería, que, evidentemente, son recibidos como gratitud: un lujo en ese periodo de escasez y carestía.
Es el amor a los libros lo que une a Helene Hanff y a Frank Doel en una amistad noble. El amor a los libros crea enormes complicidades. Los lectores y los bibliográfos se reconocen y se saben de una misma tribu. Especialmente cuando ese amor no se limita únicamente al mensaje de la obra escrita, sino al libro material con su color, su textura, su portada, su tacto, su olor, su encuadernación y el paso de los años y de las manos sobres esos volúmenes de segunda mano.
Pero en las cartas no sólo se habla de libros, también de la vida normal, como suele pasar en la correspondencia de dos amigos: se habla del cambio de libras a dólares, de la escasez de los huevos, se felicita por Navidad, se agradece un paquete de alimentos, se habla de la coronación de la reina o del servicio postal, se da una receta de cocina o un consejo para limpiar una página sucia de un libro, se comunica la compra de un coche de segunda mano, se escribe sobre casa, la familia, y hasta de la vecina hacendosa que borda y borda a sus 80 años, o del deseo de Helene, muchas veces repetido, de viajar hasta Londres y visitar la librería, y del ofrecimiento por parte de los empleados libreros para acogerla en su casa.
Año tras año, Helene pospone su viaje a Londres. Pero cuando publicó esta recopilación de cartas, animada por un editor que conocía las cartas, el libro tuvo un éxito fulgurante. Y se decidió a cruzar el charco. Pero por entonces la librería había cambiado de dueños y algunos de sus amigos habían muerto. El libro pronto se convirtió en obra de teatro y en película. La librería que el libro convirtió en mítica es ahora un bar de comida rápida. En cambio el edificio neoyorkino donde vivió y murió Helene, se llama hoy 84, Charing Cross Road. Ironías de la vida.
El arte y la belleza tienen capacidad de sanar y redimir. Y esto sucede especialmente con los libros. Cuando Helene Hanff recibe la primera edición del libro de John Henry Newman "Idea de la Universidad" escribe en la carta: "El Newman llegó hace casi una semana y ahora comiento a recuperarme de la impresión. Y no porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega de la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero. No debería estar en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edifico oscuro cuya fachada se cae a pedazos".
Helene no aspiró a tener una casa solariega ni una chimenea cálida, únicamente aspiró a dejarse acariciar o arañar, herir o sanar, vivir o morir, por las historias que otros pensaron o imaginanon y escribieron para nosotros. Cualquier choza es un palacio para quien lee con curiosidad y placer un libro.
No había chimenea, ni siquiera silencio en el Bar las 4 calles, pero yo me sentí un afortunado con ese libro entrañable entre las manos. Tuve que pedir otro café porque quería llegar a la última carta, antes de abandonar el bar. Acabada la lectura, con paz y dicha desanduve el camino a casa. El sol ya calentaba en la mañana de septiembre. El tractor araba un rastrojo en medio de una polvareda gris. Los ciclistas me adelantaron. Algún corredor sudoroso también. El agua del río seguía con su canción de siempre. Las matas de patatas estaban casi secas. Los coches pasaban velozmente por la carretera de circunvalación. El libro 84, Charing Cross Road, en mi mochila, junto al pan recién hecho por M. en su panadería, era una peso ligero en mi espalda, una entrañable y deliciosa compañía, como la amistad, como el pan recién horneado.
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