Hay paisajes después de una batalla que manifiestan el horror de la guerra. Y hay paisajes después del desfile de peñas de la ciudad que expresan muy gráficamente el nivel de incivismo alcanzado. Las imágenes hablan por sí solas. El pasado 4 de septiembre se celebró el desfile de peñas de la ciudad de Valladolid por una céntrica calle hasta alcanzar la Plaza Mayor. Más que un desfile de peñas fue una exhibición de mal gusto y chabacanería. Miles de litros de agua, otros tantos de vino y licores son consumidos por los jóvenes y otra cantidad parecida arrojada a todos los lados, con pistolas de agua, y otro métodos menos infantiles, y no sólo a los compañeros de desfile, también sobre algún incauto que pasea o que entra y sale de su portal.
Los servicios de limpieza del Ayuntamiento tienen que hacer horas extras (que hay que pagar) para recoger miles de toneladas de plásticos, cartones, etc. En el recorrido se dejaron abandonados ciento cincuenta carros de supermercado. Por el pavimento pegajoso no había cristiano que pudiera cruzarlo sin dejar las zapatillas en el intento.
Y sin embargo, todo esto parece normal, lo más natural del mundo. Como estamos en fiestas, todo vale, también esta demostración de ordinariez, zafiedad, chabacanería y grosería.
Me imagino que muchos de los jóvenes asistentes se declararán ecologistas, amantes de la naturaleza y aplaudirán en redes a los influencers que abogan por la limpieza de los mares, los montes, las playas, un mundo sin plásticos, una vida saludable sin alcohol, y más ecologismo de pacotilla.
A mí las imágenes que publicó el periódico local, el Norte de Castilla, me parecen bochornosas, porque revelan la mediocridad creciente de la sociedad, la ordinariez de la que no se salvan ni siquiera los universitarios y futuros dirigentes de este país, el mal gusto como norma y la zafiedad como seña de identidad de este país de fiestas y borracheras, pagadas, consentidas y aplaudidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario