La
semana pasada en un instituto de Cantabria cuatro menores agredieron con gestos
amenazantes e insultos a un compañero con parálisis cerebral en silla de ruedas. La
primera reacción cuando se ven las imágenes es de “no puede ser; no puede ser”.
Y sin embargo es. Además, la vejación fue grabada y difundida en redes, para
que todos puedan ver y conocer la proeza. A los mozalbetes sólo les han puesto
una sanción de expulsión de cinco días. Es decir, ¿les han premiado con cinco
días de vacaciones? Si nadie lo remedia, el chico con parálisis tendrá
que soportar a sus agresores todos los días en el mismo colegio. La fiscalía pide más duras sanciones. Parece ser
que casi todos los escolares con algún tipo de minusvalía son objeto de burlas,
bromas pesadas, insultos y agresiones. La sociedad se ha llevado las manos a la
cabeza, horrorizada ante esta brutalidad y crueldad en el ámbito
escolar, en el que debería predominar el respeto más alto a quien de por sí
vive en la vulnerabilidad física o mental. Pero no es suficiente con llevarse
las manos a la cabeza, sino preguntarse qué educación reciben a diario los
menores en sus casas, qué formación reciben a diario en las escuelas y qué contravalores
están recibiendo de las redes sociales, que hoy en día tanto influyen en la
personalidad de los menores. ¿Son estos escolares los frutos amargos de una
educación basada en la fuerza bruta, en la insensibilidad, en la falta de
respeto y en la ausencia de empatía y compasión hacia los compañeros más
frágiles y más necesitados? Si es así, tal vez habría que cerrar no pocas escuelas
y no pocas familias.
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