Giorgio Vasari dice en su Vida de los mejores pintores, escultores y
arquitectos que Fra Angelico era poseedor de un "raro y perfecto talento" y menciona que "nunca levantó el pincel sin decir una
oración ni pintó el crucifijo sin que las lágrimas resbalaran por sus
mejillas".
Nació en 1387
y murió en Roma en 1455. Guido fue su nombre y Pietro su apellido. A los 20
años ingresó en los frailes dominicos junto con su hermano Benedetto, y allí
tomó el nombre de Juan de Santo Domingo, pero al final todo el mundo empezó a
llamarle Beato Angelico, por su
carácter manso y pacífico y por su pintura digna de ángeles. En 1982 fue
proclamado oficialmente ‘Beato’, cuando Juan Pablo II lo elevó a los altares
con el título de Beato Juan de Fiésole. En fin, muchos nombres, para un pintor europeo único. Si viajas a Roma, puedes visitar su tumba en la iglesia dominica
de Santa María Sopra Minerva.
En Fiésole,
Cortona, Florencia, Orvieto, el Vaticano y Roma dejó una delicada y exquisita obra
pictórica que él siempre consideró un trabajo humilde de alabanza a Dios, como el
fraile que barre el claustro o el que poda los frutales. Había comenzado su
aprendizaje artístico como iluminador de libros, y esta técnica la podemos
apreciar en toda su pintura. Pintor de la gran escuela florentina del siglo XV,
seguidor del gótico internacional e introductor del renacimiento, su obra
entera esta imbuida de una espiritualidad y de un misticismo que, aún en estos
tiempos poco dados al espíritu y a la mística, nos conmueve.
Esta conmoción
la pude comprobar en mí mismo y en otros visitantes en la exposición que sobre
Fra Angelico organizó El Prado en 2019. La gente se detenía ante algunas tablas
con un silencio y un recogimiento que son más propios ante una imagen sagrada
en cualquier iglesia del mundo.
El Museo del Prado posee una de sus obras
más hermosas, La Anunciación, que
llegó a las Colecciones Reales a través del Duque de Lerma. En la muestra de El
Prado, y después de una cuidada restauración, la Anunciación brilló, por
méritos propios, en medio de un centenar de obras. Si como asegura la tradición,
Beato Angelico era tan devoto de la Virgen que siempre pintaba de rodillas su
imagen, podemos imaginar al humilde fraile pintando en genuflexión el delicado rostro
de María.
La tabla de la
Anunciación (2 X 2 m) está dividida en tres partes: la expulsión de Adán y Eva,
la arcada del ángel y la arcada de María. Es una pintura de contrapunto. Por un
lado la escena en que un ángel serio urge a Adán y Eva a salir del paraíso que
Dios había creado para ellos. Vestidos con pieles de animales sujetadas con
ramas, cabizbajos y pesarosos, abandonan el edén hacia un mundo de dolor y
trabajo. Por otro lado, la Anunciación es la reparación de la desobediencia y
la promesa de que un Niño nos introducirá de nuevo en el Paraíso.
En la zona del
paraíso es donde Fra Angelico demuestra su pericia como miniaturista en la
descripción minuciosa de las plantas y el follaje. Una palmera en el centro de
la escena simboliza la palma del martirio que alcanzará Jesús con su muerte.
Las rosas de color sanguinolento a los pies de Adán y Eva indican la pasión de
sangre que sufrirá el Mesías. Adán se lleva la mano a la cabeza en una
expresión de lamento y de herida. Eva, furtivamente, mira de reojo la escena en
la que otra mujer ha decidido cooperar con Dios en lugar de intentar ‘ser como
dios’ que era la promesa engañosa de la serpiente.
La Anunciación
propiamente dicha queda enmarcada en una arquitectura que nos hace pensar en el
Hospital de Los Inocentes que Filippo Brunelleschi
había levantado en Florencia con la nueva sensibilidad renacentista. Si el
paraíso perdido se manifiesta con árboles y plantas, el nuevo paraíso se pinta
con un cielo estrellado, imagen de la perfección y la belleza del Cosmos. María,
que leía con devoción un libro, interrumpe un momento su lectura para escuchar
el Anuncio de un ángel esplendoroso en belleza e indumentaria que, tímido,
parece no atreverse a comunicar tan gran noticia. Con las manos en su regazo,
María indica la acogida a una vida que comienza y la humildad y sumisión a la
voluntad de Dios. La actitud y las manos recogidas de María tienen su espejo en
la actitud inclinada y las manos del ángel.
Las manos del
Padre eterno, en el centro del sol de justicia, envían un rayo de hermosa luz
dorada, en el medio del cual se desliza la paloma del Espíritu Santo, para
tomar posesión de la esclava del Señor. En el tondo central de la arquitectura
el relieve de Cristo, varón de dolores, vera imagen, preanuncia el Calvario. A
su lado una golondrina, ¿Conocía Fra Angelico la leyenda que atribuía a este
pajarillo haber quitado las espinas de Jesús crucificado?
En este mundo
de simbología, tan cara al arte de la época, podemos comprobar que las
vestimentas del ángel del paraíso y las del arcángel San Gabriel tienen la
misma tonalidad. La importancia de la figura de la Virgen es subrayada por el
‘telón y alfombra de honor’ que se despliega a sus espaldas y bajo sus pies y que
enmarca toda su persona, otorgándole un realce regio. En la estancia íntima de María,
se abre una ventana y por ella podemos ya intuir y pregustar el nuevo paraíso
de luz y oro. A la simbología pictórica, hay que añadir la belleza inigualable
de los colores, especialmente de los dorados, los azules y los rosas, tan
apreciados por los iluminadores de libros. Colores que parecen cristalizados.
Como
curiosidad cabe decir que este cuadro ingresó en el Prado a mediados del siglo XIX. Pero originalmente había estado
en el convento de Fiésole. Ante esta tabla de la Anunciación, cada noche los frailes dominicos rezaban la Salve Regina. Podían así ver con
sus propios ojos el “lacrimarum valle”,
pero también la “vita, dulcedo, spes
nostra”. Después, la Anunciación estuvo en el Convento de las Descalzas Reales de Madrid, donde
reinas, infantas y nobles llevaban una vida retirada, rodeadas de fabulosas
colecciones de arte.
En la predela
de la pintura, Beato Angelico pintó otras cinco pequeñas escenas: Nacimiento y
desposorios de la Virgen, Visitación, Epifanía, Purificación, Tránsito de la
Virgen.
Como decíamos
antes, este cuadro del Beato Angelico, uno de los más logrados, capta la atención
del visitante del Museo del Prado por su silencio, su gracia espiritual, su
belleza virginal, su colorido excepcional y su invitación a la oración. No me extraña
que el gran pintor del arte religioso actual, Marko Ivan Rupnik, tenga en Fra
Angelico su referente y su inspiración.
Otro dominico, Fray Clérissac, escribía que
Beato Angelico era “un monje cuyo arte
consistía en infundir, en las imágenes de los santos, la vida interior que
dominaba y embelesaba su alma».
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