domingo, 28 de septiembre de 2025

¿Somos todos aporófobos?


     En un informe del Grupo Banco Mundial, del pasado mes de junio, se decía que "la pobreza extrema aumenta rápidamente en las economías afectadas por conflictos e inestabilidad". A renglón seguido se explicaba que "Durante los últimos tres años, el mundo se ha enfocado en los conflictos de Ucrania y Oriente Medio, y esa atención se ha intensificado ahora, pero no hay que olvidar que más del 70 % de las personas que sufren como consecuencia de los conflictos y la inestabilidad son africanas". Todo parece indicar que los objetivos de Naciones Unidas para eliminar la extrema pobreza en el mundo están lejos de alcanzarse. Al mismo tiempo se constata que, desde la crisis económica de 2008, en los países más desarrollados están surgiendo, aquí y allá, guetos de pobreza, así como una progresiva depauperación de la clase media. "La miseria es inevitablemente contagiosa”.

        Adela Cortina, de la Universidad de Valencia, escribió hace varios años un ensayo con un extraño título: Aporofobia. El término lo usó por primera vez la propia autora en 1995 y, poco a poco, se ha ido abriendo camino, hasta el punto de que el Ministerio del Interior utiliza el término para ciertos delitos de odio. En 2017, fue elegida como palabra del año. Aporofobia es una palabra compuesta de dos palabras griegas: ‘aporós’, pobre, y ‘fobia’, temor. La aporofobia sería el odio, la repugnancia, hostilidad o miedo ante el pobre, el sin recursos, el desamparado.

        El ensayo parte de la idea de que es cierto que hay muchos xenófobos o racistas, pero aporófobos lo somos casi todos. No nos asustan ni sentimos desprecio por los millones de extranjeros que vienen a visitar nuestras playas y monumentos. No sentimos desprecio hacia los futbolistas o atletas olímpicos africanos. No sentimos desprecio hacia los jeques musulmanes que atracan sus imponentes yates en Puerto Banús. Lo que sentimos es aversión hacia los extranjeros pobres, los que saltan la valla de Melilla o llegan en patera, los que venden bolsos falsos de Loewe en sus top-manta, o los que en el semáforo nos venden kleenex. Lo que sentimos es desprecio hacia los negros sin recursos. Lo que sentimos es indiferencia hacia los musulmanes migrantes de nuestros barrios más humildes. Resumiendo: Nos caen mal no porque son negros, musulmanes o extranjeros, sino porque son pobres.
        El libro de Adela Cortina intenta buscar las razones de esta lacra, de esta patología social que conviene nombrar y diagnosticar. Cree que, en el fondo, cuando damos algo, esperamos un retorno, una recompensa, una contrapartida. Do ut des, decían los romanos. Te doy para que me des. Este retorno no puede producirse cuando la otra parte no tiene recursos materiales. Entonces, instintivamente, hay un rechazo, puesto que el otro nada puede proporcionarme. El sistema de favores, que es hábito común en la sociedad, se rompe ante las personas pobres.
        Parece que biológicamente nuestro cerebro está preparado para sentir una empatía hacia el fuerte, el sano, el influyente, es decir, el que puede venir en mi ayuda y proteger a los que son de mi tribu. En cambio, nuestro cerebro rechaza lo que nos molesta y perturba. Así que cuando advertimos que alguien nos puede traer problemas o complicarnos la vida porque necesita de nuestra ayuda, tratamos de apartarlo de nuestras vidas. Todos hemos desviado la mirada cuando un pedigüeño extendía su mano.
            Si somos sinceros, hemos de reconocer que todos somos un poco aporófobos. Todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestros prejuicios sociales. El prejuicio hace los más pobres es el más habitual. Reaccionamos de distinta manera cuando un hombre bien trajeado viene hacia nosotros a cuando un hombre andrajoso se acerca para preguntarnos algo. Pero una cosa es tener prejuicios mentales contra los pobres, extranjeros o connacionales, y otra, muy distinta, dar una patada al negro que dormita en un banco, insultar al pobre que vende pañuelos en un semáforo o despreciar al que pide una limosna en la puerta de un supermercado.
        A veces, muchos de los que sienten hostilidad hacia los pobres (los claramente aporófobos) son los que los utilizan o explotan para sacar tajada. Muchos de los temporeros del campo son extranjeros, a los que se pagan salarios de miseria y a los que se aloja en una nave que, probablemente, no cumple siquiera las condiciones para meter ovejas. Muchas de las personas que cuidan a nuestros mayores también son extranjeras, y no falta quien se aprovecha de su situación de precariedad para racanearles el sueldo o no darles de alta en la seguridad social.
    La empatía, ponerse en el lugar del otro, imaginarse a uno mismo en una circunstancia paracida, "calzarse su calzado", es lo que pude devolvernos al territorio del respeto y al territorio de la mera humanidad.
        Para entender este sentimiento de aporofobia que nos invade a todos, en uno u otro momento, vienen muy bien las palabras de Simone Weil, una de las pensadoras más lúcidas del pasado siglo: “La simpatía del débil por el fuerte es natural, pues el débil, proyectándose en el fuerte, adquiere una fuerza imaginaria. La simpatía del fuerte hacia el débil es contraria a la naturaleza”. Y también esto: “Aquel que trata como iguales a quienes la relación de fuerzas coloca por debajo de él, les hace realmente el don de la condición de seres humanos”.



Adela Cortina, inventora de la palabra "aporofobia'


Las nuevas pobrezas de los países 'ricos'

    La pobreza crónica en muchos países africanos

Cada vez una imagen más habitual en las grandes urbes

Frente a la aporofobia: empatía y ponerse en su lugar

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