miércoles, 30 de septiembre de 2026

Nada que temer, de Julian Barnes

 


Nada que temer es un libro singular, raro, de Julian Barnes (Leicester, Reino Unido, 1946). No es una novela ni un ensayo, sino un cajón de sastre, donde recoge reflexiones personales sobre la muerte y el morir, notas biográficas de su familia, pensamientos de diversos escritores (el más nombrado es Jules Renard) sobre la existencia o no existencia de Dios, y crónicas de los últimas horas de varios hombres de letras. Tal vez, un libro caótico, difuso, repetitivo, un cóctel de estilos y una macedonia de recuerdos personales y filias librescas, pero brillante en muchas de sus páginas, especialmente en los perfiles de escritores, y profundo en muchas de sus reflexiones, temores y esperanzas acerca del destino último del hombre. Julian Barnes fue ateo de joven y agnóstico de mayor. Y empieza su novela con una confesión: “No creo en Dios, pero le echo de menos”. He copiado algunos párrafos del libro que me han llamado la atención.

El título, Nada que temer, alude a una tesis personal o tal vez a un desiderátum personal: el ser humano ha de enfrentarse o debería enfrentarse a la muerte sin miedo. Y sin embargo, a cada paso, el autor se desdice y subraya el temor casi genético del hombre ante su desaparición  definitiva y su terror a la nada después de la muerte. Julian Barnes dice que “el filósofo Wittgenstein no era una persona religiosa, pero había en él la posibilidad de religión, pero su idea de ella era menos la creencia en un creador que un sentimiento de pecado y un deseo de juicio”.  ¿Tal vez porque sin ese sentimiento de pecado, haríamos la vida más dolorosa para los demás? ¿Quizás porque sin ese deseo de juicio, la justicia de este mundo aplastaría siempre a los más débiles? ¿Es necesario un Ser Supremo que examine las obras y haga justicia verdadera y definitiva?

Y en el libro encuentro un delicioso apunte sobre Jacques Brel: “Durante mi estancia con los curas en Bretaña, descubrí la obra del gran cantautor belga Jacques Brel. En sus primeros años le llamaban Abbé Brel, por su tendencia a la prédica; y en 1958 grabó un tema titulado “Dites, si c’était vrai” (¿Y si fuera verdad?) Es un poema-oración temblorosamente recitado contra el gruñido de fondo de un órgano. Brel nos pide que imaginemos cómo serían las cosas “si fueran ciertas”. Si Jesucristo hubiera nacido de verdad en aquel establo de Belén… si fuera verdad lo que escribieron los evangelistas. Si aquel coup de théâtre en las bodas de Canaán hubiera realmente ocurrido, o aquel otro golpe, el rollo de Lázaro… Brel acaba diciendo que si todo esto fuera cierto, diríamos “Sí”, porque todo es bellísimo cuando uno cree que es verdad. Luego Brel, maduro, fue tan irreligioso, como antes, jovenzuelo, había estado preocupado por Dios. Pero esta canción temprana, dolorosamente sincera, da en la diana. Si fuera verdad, sería hermoso; y por ser hermosos sería aún más verdadero; y cuanto más verdadero tanto más hermoso, etc.”. Y Julian Barnes, llegado a este punto, escucha la voz de su hermano, filósofo: “Pero no es verdad, idiota”.

         El autor apunta a esos paraísos que sustituyen a la religión en nuestro mundo moderno: “Nos empujamos unos a otros hacia el cielo seglar moderno de la realización personal: el desarrollo de la personalidad, las relaciones que ayudan a definirnos, el empleo que da prestigios, los bienes materiales, la propiedad de un inmueble, las vacaciones en el extranjero, la adquisición de ahorros, la acumulación de hazañas sexuales, las visitas al gimnasio, el consumo de cultura. Todo esto contribuye a la felicidad, ¿no?... ¿No? Es el mito que hemos elegido, y casi tan ilusorio como el mito que insistía en la consumación y el éxtasis cuando sonara la última trompeta, las tumbas se abrieras y las almas perfeccionadas y sanadas se unieran a la comunidad de los santos y los ángeles”.

En estos tiempos, nada dados a la reflexión seria sobre la muerte y el morir, la inmortalidad o la nada, la existencia o la muerte de Dios, la esperanza o el vacío, no está demás desempolvar y refrescar algunas ideas. Y tal vez provocar algunas preguntas en el lector.  


Julian Barnes

Julian Barnes

El escritor Jules Renard, muy presente en el libro

Jacques Brel, y su poema-oración


https://www.youtube.com/watch?v=-e5QjcgNVrI

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