Nada que temer
es un libro singular, raro, de Julian Barnes (Leicester, Reino Unido, 1946). No es una
novela ni un ensayo, sino un cajón de sastre, donde recoge reflexiones
personales sobre la muerte y el morir, notas biográficas de su familia,
pensamientos de diversos escritores (el más nombrado es Jules Renard) sobre la
existencia o no existencia de Dios, y crónicas de los últimas horas de varios hombres de letras. Tal vez, un libro
caótico, difuso, repetitivo, un cóctel de estilos y una macedonia de recuerdos
personales y filias librescas, pero brillante en muchas de sus páginas,
especialmente en los perfiles de escritores, y profundo en muchas de sus
reflexiones, temores y esperanzas acerca del destino último del hombre. Julian Barnes fue ateo de joven y agnóstico
de mayor. Y empieza su novela con una confesión: “No creo en Dios, pero le echo de menos”. He copiado algunos párrafos
del libro que me han llamado la atención.
El título, Nada que temer, alude a una tesis personal o tal vez a un desiderátum
personal: el ser humano ha de enfrentarse o debería enfrentarse a la muerte sin
miedo. Y sin embargo, a cada paso, el autor se desdice y subraya el temor casi
genético del hombre ante su desaparición definitiva y su terror a la nada después de la
muerte. Julian Barnes dice que “el
filósofo Wittgenstein no era una persona religiosa, pero había en él la
posibilidad de religión, pero su idea de ella era menos la creencia en un
creador que un sentimiento de pecado y un deseo de juicio”. ¿Tal vez porque sin ese sentimiento de
pecado, haríamos la vida más dolorosa para los demás? ¿Quizás porque sin ese
deseo de juicio, la justicia de este mundo aplastaría siempre a los más
débiles? ¿Es necesario un Ser Supremo que examine las obras y haga justicia
verdadera y definitiva?
Y en el libro encuentro un delicioso
apunte sobre Jacques Brel: “Durante mi
estancia con los curas en Bretaña, descubrí la obra del gran cantautor belga
Jacques Brel. En sus primeros años le llamaban Abbé Brel, por su tendencia a la
prédica; y en 1958 grabó un tema titulado “Dites,
si c’était vrai” (¿Y si fuera verdad?) Es un poema-oración temblorosamente
recitado contra el gruñido de fondo de un órgano. Brel nos pide que imaginemos
cómo serían las cosas “si fueran ciertas”. Si Jesucristo hubiera nacido de
verdad en aquel establo de Belén… si fuera verdad lo que escribieron los
evangelistas. Si aquel coup de théâtre en las bodas de Canaán hubiera realmente
ocurrido, o aquel otro golpe, el rollo de Lázaro… Brel acaba diciendo que si
todo esto fuera cierto, diríamos “Sí”, porque todo es bellísimo cuando uno cree
que es verdad. Luego Brel, maduro, fue tan irreligioso, como antes, jovenzuelo,
había estado preocupado por Dios. Pero esta canción temprana, dolorosamente
sincera, da en la diana. Si fuera verdad, sería hermoso; y por ser hermosos
sería aún más verdadero; y cuanto más verdadero tanto más hermoso, etc.”. Y
Julian Barnes, llegado a este punto, escucha la voz de su hermano, filósofo: “Pero no es verdad, idiota”.
En estos tiempos, nada dados a la reflexión seria sobre la muerte y el
morir, la inmortalidad o la nada, la existencia o la muerte de Dios, la
esperanza o el vacío, no está demás desempolvar y refrescar algunas ideas. Y tal vez provocar algunas preguntas en el lector.
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