En el verano de 1993, Juan Goytisolo viajó a Sarajevo. Eran los días de plomo de la guerra de Bosnia. Goytisolo plasmó sus impresiones del viaje en un libro, Cuaderno de Sarajevo. La ofensiva enloquecida de limpieza étinica llevada a cabo por Serbia contra Bosnia, de mayoría musulmana, produjo en Europa una sensación de incredulidad y de horror, como no se había conocido desde el final de la II Guerra Mundial. Goytisolo condenó en múltiples ocasiones la pasividad de los gobiernos de Europa y de Estados Unidos: una equidistancia asesina entre las víctimas y los verdugos. Las guerras de los Balcanes, porque fueron varias, se extendieron de 1991 a 2001. Cuando la última batalla se dio por terminada, la antigua Yugoslavia del general Tito se había fragmentado en 7 países: Eslovenia, Croacia, Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Y lo que antes había sido un ejemplo de convivencia de culturas, etnias, religiones, de la noche a la mañana se convirtió en un avispero de odios. Todas las minorías de un territorio fueron odiadas con un odio difícil de imaginar a finales del siglo XX. Como dijo un general serbio: "donde hay serbios no puede haber bosnios. Y donde hay bosnios no puede haber serbios. Y esto vale para el resto de territorios, etnias y religiones"
Juan Goytisolo recorrió los lugares calientes de Sarajevo, símbolo de la locura de la guerra: hospitales, avenidas de francotiradores, mercados desabastecidos, cementerios, edificos devastados, mezquitas destruidad... Y extrajo muy amargas reflexiones:
"La vida adquiere en ella (Sarajevo) un ritmo e intensidad vertiginosos: horas equivalen a días, días a semanas, semanas a meses. Amistades recientes se transforman en viejas y profundas. La sinceridad y anhelo de verdad se imponen. La moral se afina y mejora. Conceptos desguazados y arrojados aprisa al muladar de la Historia renacen con fuerza y lozanía: apremio y necesidad de compromiso, urgencia de solidaridad. El contacto directo con la brutalidad y cobardía de los paladines de la purificación étnica y el arrojo de las mujeres y hombres que, desafiando las balas de los francotiradores y los obuses chetniks, salen en busca de agua armados sólo de su fe y apego a la vida, crean vivencias e imágenes que no se despintan de la memoria.
Vivir estas horas cruciales es un privilegio terrible. Los periodistas y miembros de las organizaciones humanitarias pueden dar cuenta de ello: la tragedia de Bosnia es una vía única del conocimiento de las posibilidades de luminosidad e ignominia de la especie humana.
Nadie puede salir indemne de un descenso al infierno de Sarajevo. La tragedia de la cidudad convierte el corazón, y tal vez el cuerpo entero de quien la presencia, en una bomba presta a estallar en las zonas de seguridad moral de los directa o indirectamente culpables, allí donde pueda causar mayor daño".
No hay comentarios:
Publicar un comentario