Cervantes quiso ser enterrado en las trinitarias de Madrid
como una forma de agradecer a los que habían hecho lo imposible para rescatarlo
en el baño de argel donde estaba preso. Trescientos ducados costó su
liberación. Los monjes mercedarios contaban con doscientos y otros cien los
recaudaron entre los mercaderes españoles que trabajaban por la zona. En estos
días, un equipo de investigadores ‘confirma con casi total seguridad’ que los
restos aparecidos en la cripta de las trinitarias son efectivamente. Como este
es un país de polémicas y de polemistas, pues la discusión ya está servida.
Unos sostienen que habría que dejar los huesos quietos, porque lo importante
son sus obras. Otros que es bueno conocer el lugar exacto del enterramiento del
hombre más importante de la lengua castellana. Yo creo que una cosa ni quita la
otra. Quienes leíamos a Cervantes vamos a seguir haciéndolo. Quienes no lo
hacían, probablemente tampoco lo harán ahora. Pero seremos muchos los que,
cuando los restos de Cervantes estén sepultados como Dios mande, nos
acercaremos a rendirle homenaje o a rezar un avemaría, aunque sólo sea por
agradecerle que nos haya concedido tantas horas de bienaventuranza. El escritor
más pobre de su época nos enriqueció a todos.
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